Sin Retorno – Capítulo 5

Publicado: enero 9, AM en Sin Retorno

Y pasó un año. Los gritos en las calles dejaron paso al silencio más absoluto y la nube de polvo pronto quedó disipada para mostrar de nuevo la luz del sol.Un nuevo año se abría ante nosotros y juntos habíamos logrado sobrevivir a lo que desde aquel momento conoceríamos como “El Incidente”.

Al desconcierto y la incertidumbre generalizada les sucedió la tragedia. Al parecer, algo más fue desatado con aquella explosión, algo que aún tratamos de explicar. Tras la exposición a lo que creíamos era radiación se sucedieron las muertes de los más débiles (ancianos, niños, enfermos,…) y aquellos que no sucumbían a la enfermedad, cambiaban… Su cuerpo se cubría de llagas supurantes y perdían prácticamente el control de sus capacidades motrices, deambulando por las calles con movimientos espasmódicos.

Lo más aterrador era algo que habíamos escuchado vagamente años atrás. Una droga comenzaba a hacerse eco en algunos lugares del mundo y que hacía a algunos individuos desarrollar un hambre voraz, llegando incluso a devorarse unos a otros sin motivo aparente. Al parecer aquello era solo un experimento y el desenlace había traído la enfermedad de manera generalizada. La droga “zombie” era ahora una realidad y aquellos que lograban sobrevivir a la primera exposición no podían permitirse ser alcanzado por cualquier fluido infectado o su destino sería fatal.

Nuestros mayores esfuerzos fueron la búsqueda de alimentos. Organizábamos partidas a primera hora de la mañana que solían durar varias horas y no siempre eran fructuosas. Las pequeñas tiendas, comercios y casas que no habían sido saqueadas eran refugio de infectados que dificultaba la recolección de recursos. Pero habíamos podido sobrevivir gracias a nuestros conocimientos.

Virginia había conseguido aislar una porción de tierra sana donde plantábamos vegetales y algunas raíces. Carmen junto con Toño, se encargaban de una pequeña radio de onda corta que recuperamos de un coche de policía. Solo la utilizábamos pocas horas al día por miedo a agotar las baterías y no poder reponerlas con las que encontrábamos, con algo de suerte, en las partidas de exploración. Popito se encargaba de la seguridad de la casa. Había colocado estratégicamente tablones y refuerzos en puertas y ventanas que más de una noche nos protegieron de los indeseables visitantes que teníamos. Paco consiguió armarnos con un par de armas improvisadas hechas con restos de metal que caían de algunos edificios debido a las fuertes tormentas que sucedieron a la explosión.

Yo, por mi parte, dediqué mis esfuerzos a potabilizar el agua con un rudimentario alambique de cobre. Con esta agua controlábamos la sed y permitía que Virginia regara el pequeño huerto sin peligro a contaminarnos. Nadie dijo que sobrevivir fuera fácil pero parecía que juntos habíamos llegado a entendernos perfectamente y a trabajar juntos, como un equipo.

Una mañana, mientras Popito revisaba las protecciones de la puerta de metal que daba a la calle y yo recolectaba algo de agua de lluvia que había caído la noche anterior sobre los colectores que habíamos construido, se escucharon gritos que venían de dentro de la casa. Corrimos alarmados a la sala principal donde una mesa baja de madera hacía las veces de cuarto de comunicaciones. Allí, todos los demás se abrazaban y aplaudían mientras Carmen se apretaba los cascos a las orejas.

– ¿Dónde estáis? ¿Quiénes estáis ahí? – Repetía Carmen nerviosa pero aliviada – ¿En serio? ¡Perfecto! (…) ¿Si? Vale, quedaros allí. ¡Nos vemos esta noche!

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